Uncategorized

Eduardo Rezzano nació en 1968 en La Plata, donde vive actualmente. También ha vivido en Buenos Aires, Barcelona y Madrid. Es escritor y músico. Publicó los siguientes libros de poesía: Ningún Lugar, Gato barcino, no fábulas, Caligrafía, Nocturna y Alcohol para después de quemar. Este último apareció por primera vez en 2012 en Chile, fue reeditado en la Argentina en 2014 y, en octubre de este año, saldrá en España bajo el sello Kriller71. Según el autor, entre la primera y la segunda edición hay grandes diferencias, pero entre la segunda y la tercera, en cambio, las diferencias son mínimas.

M.R. Como te decía, Eduardo, los poemas de Alcohol para después de quemar son una experiencia fuerte y provocadora. Te obligan a abandonar el neocortex y entrar en el cerebro reptiliano. Una manera de decirte: dejamos la zona segura de la lógica y las leyes naturales para entrar en el territorio del mito, y lo aceptamos con toda naturalidad. Y lo aceptamos no sólo como metáfora sino como una realidad otra acontecida in illo tempore. Siento que hay en estos poemas una fuerza hipnótica, a la que contribuye tu estilo rápido, la sucesión inesperada de los acontecimientos, la intensidad de los ambientes y la extraña impresión del reconocimiento de un mundo en el que alguna vez también hemos estado.
¿Tenías, antes o durante el tiempo de su escritura, una idea de lo que querías que llegara a ser el libro como unidad de estilo y temática?

E.R. No, no tuve unaportada prueba 02 peq idea previa y te diría que el proceso de escritura fue un poco accidentado. Estaba terminando Nocturna y había empezado a jugar en mi blog combinando breves textos en prosa con fotografías tomadas por mí mismo. Terminar Nocturna significaba cerrar un ciclo que había iniciado con Gato Barcino y había continuado con Caligrafía, y cerrar ese ciclo me producía una sensación de vacío y de gran incertidumbre. Cuando finalmente lo acabé, paralelamente a mis experimentos con la prosa breve escribí una serie de poemas que titulé Póstumos, pero por supuesto que no lo hice porque pensara publicarlos después de muerto, sino porque creí que ya no seguiría escribiendo y que los publicaría siendo un ex escritor.

.
Poco después, cuando surgió la posibilidad —Mario Arteca mediante— de enviarle un poemario a la editorial chilena Fuga, preferí no apurarme a mostrar Nocturna y armé una primera versión de Alcohol para después de quemar que constó de tres partes: ¿Por qué matar al dragón?, que era un grupo de poemas en prosa escritos unos años atrás, que me gustaba mucho pero que no había podido hacer encajar en ningún lado; Miniaturas, que era una selección de mis prosas blogueras pero sin las fotos (agregué sólo dos fotografías, pero no mías, sino de Carolina Soler, que es mucho mejor fotógrafa que yo), y Póstumos, a modo de despedida. Quizás porque me dejé llevar por el entusiasmo o simplemente porque no lo supe ver, el resultado fue el de un libro algo desbalanceado, algo que noté un par de meses después de que llegara a la calle.

A partir de allí me puse nuevamente manos a la obra y, habiendo dejado atrás la peregrina idea de que no iba a volver a escribir, pronto tuve una nueva primera parte que reemplazaría a ¿Por qué matar al dragón?, y también volví a trabajar sobre Miniaturas para que no desentonara con la nueva idea de libro que estaba tomando cuerpo. Creo que la nueva primera parte, a la que llamé El tiempo y los animales, funcionó como dadora de sentido a todo el conjunto.

.
M.R. Entonces podría decirse que escribiste Póstumos como una confirmación de tu despedida de la poesía, ¿se trataba de una decisión voluntaria, o creíste que ya no ibas a poder seguir escribiendo por alguna razón en particular?

.
E.R. No se trató de una decisión, sino más bien de una sensación perturbadora: de la sensación de que ya había escrito lo que tenía que escribir —mucho o poco; malo, bueno o mediocre—. Luego reflexioné y me di cuenta de que decir “lo que tenía que escribir” denota una actitud pedante, ya que en realidad nunca fue necesario que escribiera nada. Afortunadamente para mí, al día de hoy sigo escribiendo y disfrutándolo.

.
M.R. ¿Qué pasó con los textos de ¿Por qué matar al dragón? que aparecieron en la edición chilena de Alcohol para después de quemar? ¿No volviste a publicarlos?

.
E.R. No volví a publicarlos y no lo haría por ahora. Tengo algunos poemarios inéditos que publicaría antes.

.
M.R. ¿Cuándo te diste cuenta por primera vez de tu relación con la poesía?

.
E.R. De chico, mis lecturas pasaban por las revistas de automovilismo, y, de adolescente, por las revistas de rock. La primera vez que entré en relación con la poesía fue a través de las letras de las canciones, especialmente mediante el esfuerzo que me suponía tratar de comprender qué había en las letras de Luis Alberto Spinetta, que me resultaban incomprensibles, pero a la vez iluminadoras —incluso me compré un libro suyo de poesía, Guitarra negra, que por un tiempo fue el único libro de mi inexistente biblioteca personal.

.
Luego empecé a tocar la batería y a juntarme con un amigo del colegio que tocaba la guitarra, y con la idea de formar una banda me puse a escribir las letras de canciones que nunca serían compuestas. Eso me llevó a tomarle el gusto a la escritura y a encontrar en el poema un formato del que me apropié sin tener mucha idea de lo que estaba haciendo. A partir de allí, la curiosidad me llevó a la lectura; no llegué a la escritura por la lectura, sino a la inversa.

.
M.R. Guitarra negra, sí, un libro entrañable. Estuvo en casa, pero lo presté y, confirmando la regla, no regresó.

.
Pero volviendo a tu libro Alcohol para después de quemar, no puedo evitar la tentación de parangonar su título con la proposición “alcohol para después de cenar”. Enunciado que indica una circunstancia propiciatoria para el ingreso al mundo onírico de tus poemas, donde sucede todo lo que el sentido común de la conciencia vigil rechaza: animales que hablan, mujeres que llevan su cabeza en una mochila, patos y naranjas creciendo juntos en el fondo e intercambiando habilidades…Tengo la sensación de haber caído por el agujero de la madriguera y allí, en sus profundidades, ver cómo un gato, que me recuerda al gato de Cheshire, desaparece. ¿Hay en tus poemas un sentido intencional subyacente, velado ex profeso mediante el uso de cierto nonsense, o la escritura acontece por sí misma en tanto las palabras y los sintagmas se te presentan de modo espontáneo, digamos, a partir de una escritura automática?

.
E.R. No suelo pensar a priori en el sentido de lo que voy a escribir. La mayoría de las veces, las palabras con las que empiezo a trabajar un poema se me presentan de manera espontánea, y esas palabras me tienen que sugerir un mundo complejo y coherente en sí mismo, aunque pueda ser fantástico o delirante. Luego sigue la construcción de esa complejidad, para lo que trato de ser sintético y preciso. Soy obsesivo con la precisión, no para cerrar el texto a lecturas imprevistas, sino todo lo contrario: entiendo que la precisión del lenguaje es muy importante para que el poema se comporte como una máquina productora de sentido, y una máquina de tales características funciona de manera diferente según se acople a un lector o a otro.

.
M.R. Complejidad y coherencia. Ciertamente tus poemas responden a estas condiciones. Y también a la diversidad de lecturas o sentidos posibles. Pero, inevitablemente, estás ahí, con tu particular visión del mundo. Construyendo un primer sentido, consciente o no de ello.
En el último verso del poema Infección decís: una megaconciencia que todo lo subsume. Vos, como primer lector de tu propia obra, ¿qué origen le atribuirías a esta megaconciencia, socio-política, metafísica u otra?

.
E.R. En ese caso puntual me refiero a que los médicos que me atienden en esa clínica no son simples individuos que practican alegremente la medicina, sino que son parte de algo más grande que los contiene, algo peligroso de lo que habría que cuidarse, y me refiero específicamente a una forma de vida macrobacteriana. En principio me gusta imaginarme una terrorífica bacteria gigante y no pensar que con esto quiero decir aquello. Prefiero no jugar a la metáfora, sino que los monstruos sean monstruos.

.
Claro, me dirás que igualmente también quiero decir otra cosa. Y bueno, quizás a veces me ocurra que quiero decir un montón de cosas, pero eso no es, a mi entender, lo importante; el tema es qué me pasa, por ejemplo en ese poema, cuando me enfrento a una megaconciencia que todo lo subsume: me pasa que pienso de pronto en algo que ha perdido la escala humana, algo que se nos impone como matriz, que no tiene exterior y que está por encima de los Estados, por encima de los imperios y por encima de cualquier idea de subjetividad (y no es una idea metafísica). Pero ¿qué te pasa a vos o a cualquier otro lector frente a las mismas palabras? No lo sé; quizás nada, quizás algo parecido, quizás algo muy distinto.

.
M.R. Sí, exactamente, te diría que también estás diciendo otra cosa y que no hay lenguaje inocente, como indica Roland Barthes, ni escritura unívoca. Pero también es legítima la idea de que los monstruos son monstruos. Y bastante aterradora porque lo monstruoso lo reconocemos en nuestra propia conciencia. Por otra parte, justo en estos días leí unas notas sobre la teoría de algunos científicos que intentan probar, a partir de la física cuántica, que vivimos en nuestra propia Matrix virtual. ¿Será esa la matriz que vos mencionás?

Y hablando de realidad y virtualidad, o materia y energía, ¿cuál es la relación que tenés con tu cuerpo en el momento de la escritura?

.
E.R. Sobre esa teoría de la matrix virtual escuché algo de pasada y me sonó a mera especulación, pero no leí nada y tampoco sé demasiado sobre física cuántica. No me refería a eso. Igualmente, esas ideas que parecen tomadas de las películas de las hermanas Wachowski no serían tan novedosas, ya que existen creencias milenarias, a las que te aclaro que no soy para nada afín, de que el mundo es algo así como el sueño de Dios y que nosotros seríamos parte de ese sueño.

¿Mi relación con el cuerpo cuando escribo? Casi que me olvido del cuerpo en el momento de escribir; incluso puedo adoptar posiciones ridículamente incómodas sin tomar conciencia de ellas por un buen rato. Pero afortunadamente rara vez tengo contracturas.

.
M.R. Nos contaste que llegaste a la escritura a partir de las letras de las canciones, pero ¿cuál es actualmente la relación que tienen en tu proceso creativo música y poesía?

.
E.R. Por un lado te diría que en mi proceso creativo la música y la poesía no se han cruzado tanto, al menos no en el plano consciente. Soy baterista, percusionista y compositor, y, si bien he tocado música muy diversa, en mis composiciones hay un alto porcentaje de música puramente instrumental. Me han preguntado otras veces si por mi condición de baterista tengo un especial manejo del ritmo cuando escribo poesía, y me gusta contestar que creo que no, que el ritmo de las palabras es algo que se comprende mejor desde el oficio del escritor que desde el oficio del músico.

Por otro lado, en cambio, te diría que todo influye sobre todo. Durante el breve período en el que concurrí a la Facultad de Bellas Artes para estudiar composición musical (tenía entre 18 y 19 años), tuve la suerte de iniciarme en la escucha de la música contemporánea. Recuerdo que nos pusieron una obra de Luciano Berio basada en el monólogo interior de Molly Bloom, del Ulises de Joyce, y que esa experiencia me hizo correr a comprar el libro y a pasar todo el año siguiente sumergido en sus páginas. Hoy sé que la lectura torpe y dificultosa del Ulises que realicé en ese momento fue fundamental para todo lo que hice después. Y te cuento esto como podría hablarte de la influencia que tuvieron sobre mí los ciclos de cine en 16 mm de los que fui habitué durante mi juventud.

.
M.R. Este no es el primer libro que publicás en España, le antecedieron Gato Barcino, Editorial Lumen, año 2006, y Caligrafía, Editorial Amargord (Colección Transatlántica), en 2013. Ya pronto vas para Barcelona donde te espera la emoción que significa ver salir al mundo aquello que se plasmó en lo más íntimo de nosotros.

.
E.R. Sí, viajo con muchas ilusiones, y estoy muy contento de que Alcohol para después de quemar salga por Kriller71, una editorial con un catálogo magnífico del que es un gran honor para mí formar parte. La presentación será el jueves 27 de octubre en la librería Calders, y estaré muy bien acompañado por Aníbal Cristobo —el editor— y por Andreu Jaume. Andreu fue mi editor en Lumen cuando publiqué Gato barcino y es una persona de la que aprendí muchas cosas; estaré muy feliz de contar con su presencia y su agudo análisis del libro.

.
M.R. Y nosotros nos quedamos aquí, con este magnífico poema de Alcohol para después de quemar, deseándote un buen y placentero viaje.

 

Verdades a medias

 

Hay árboles

que esperan a morir

para empezar a hablarnos

 

De ellos he aprendido

algunas verdades a medias

y otras que me permiten

intentar algunos trucos

 

como detener el tiempo

cuando un rayo de luz

se posa en tu mano

y la abre

 

o hacer girar la cabeza

hasta que rueda calle abajo

y se pierde